martes, marzo 24, 2009

23/02/2009

Saliendo de la casa pasado las 9:30, llegamos a la clínica a las 10 casi, nos pasan una habitación chica, hago los trámites de ingreso de rigor, pedimos una habitación de las grandes, preparan a tu mamá para la cirugía, no tenemos más que hacer durante un par de horas, tomamos fotos, te guardé el cielo que había este día, y cómo corría un turbio rio Mapocho en su curso artificial, empieza a llegar la gente, la familia y el equipo médico, llega la hora de ir a pabellón.

Esos minutos en la espera, justo afuera del pabellón, me los regalé. Esa asepsia era increible, me sentí como nunca entre tanta limpieza. Ya sé que es raro, pero parece ser constitutivo en mí. Respiré ese aire profundamente, vi como todo brillaba (además que acababan de remodelar las instalaciones), nunca había visto un sifón de desagüe brillar de esa manera (era de cobre). El jabón se me hizo inolvidable. ¿Cómo es posible tanta locura? No es locura, era un regalo a mis sentidos.

Pasaron esos minutos, y los siguientes pasaron a ser enteramente tuyos. Desde que empezaron en la aventura de irte a buscar hasta que apareciste en este mundo no pasaron más de 10 minutos, hermosos e intensos. Lloraste, me preocupé porque te vi de un color raro, pero después entendí que se me había olvidado TODO lo de un nacimiento.

Eran las 13:38, del lunes 23 de febrero de 2009.

Después de verte que estabas bien, me preocupé de tu mamá. Todo bien. Después, lo único que quería era que tu hermano te viera. No quería dejarlo solo, pero estaba feliz, bien cuidado y acompañado por todos. Desde ahí que te ama / te adora.
Como todos no más.